Unai de Gramont 7 Domingo, Jul 20 2008 

Caí en la cuenta de que el tiempo se me venia encima.

Ya eran casi las cinco de la tarde y ni tan siquiera había recordado que tenía que comer.

Así que ya el gusanillo empezaba aunque mínimamente, a bailar en mi estómago y me dirigí a la alacena. Lo cierto es que no tenía mucha hambre. Saqué un bote donde tenía algo de queso en aceite y corté una rebanada de pan.

Me serví un vaso de vino y me puse a comer en la mesa.

Comía con premura, pues quería volver a releer la carta de Unaí de Gramont, y por nada del mundo quería manchar por descuido tan preciado documento.

Cada vez que lo hacía descubría un nuevo matiz, un nuevo sentimiento.

Definitivamente lo mío es la abstracción.

Empecé a imaginar como sería Unaí.

¿Sería moreno, de piel tostada por cabalgar por los caminos?

¿Sería de piel blanca como persona de alta cuna?

¿Cuál el color de sus ojos?

Empecé a crear en mi imaginación el galán a mi medida.

Seguramente sería de piel pálida. De buena estatura. Su cabello entre rubio y rojizo. Sus ojos claros como me gustan a mí.

De complexión fuerte aunque de refinados modales.

Tranquilo pero de firmes decisiones. Persona de principios y de honor.

De pronto me sorprendí colgada en una nube. Casi sonreía, porque solo por una carta de amor de un hombre al que ni conocía, había generado en mi imaginación a la pareja que sin duda me gustaría encontrar algún día.

Lo cierto es que lo único que sabía de el es que estaba enamorado.

Enamorado y lejos de su amada. Leer sus palabras de amor era como contemplar estrellas fugaces en la noche de San Lorenzo.

Empezaba a imaginar al Sr. de Gramont escribiendo la carta.

Podía verle sobre su cama, con la mirada perdida hacia el techo y pensando en su Christine.

Extrañando su cariño. Imaginando sus besos.

Definitivamente soy una fantasiosa. Con que facilidad puedo hacer una composición de la personalidad de una persona a quien ni conozco, con solo leer una carta de su pluma.

Conforme pasaban los minutos mi curiosidad iba en aumento y no podía dejar de pensar en el resto de documentos que cayeron al suelo juntamente con esta carta. Ojalá hayan mas cartas, mas indicios de Unaí y de Christine.

Me parecía raro que una carta de amor andara en un lugar donde habitaban frailes, y que además se encontrara entre los manuscritos a clasificar.

¿Por qué estaba esta carta entre los papeles de Montserrat?

¿Llego a ser enviada esta carta alguna vez?

¿Christine llegó a recibir la carta?

¿Qué fue de las vidas de Christine y de Unaí?

Primer dia en la biblioteca de Montserrat .6 Domingo, Jul 20 2008 

Montserrat desde Sant Pedor por Cesc Ginestá  cescginesta@gmail.com

http://www.talleronline.com/modules/gallery/Cereta

http://www.artistasdelatierra.com/artistas/Cesc

Gracies Cesc per la teva obra d’art

Leí aquella carta sin poder apartar la mirada ni un instante del papel

Si lo hubiera hecho en voz alta me hubiera quedado sin aliento.

Devoré cada párrafo, cada línea, cada letra embriagada por la belleza del sentimiento de aquel hombre.

Hubiera deseado que esa carta fuera para mí.

La leí varias veces, intentando imaginar la faz de enamorado, que desataba con maestría su sentir con una pluma.

¿Qué edad tendría el tal Unai? ¿Cómo fue a parar esa carta a la biblioteca?

¿Dónde estaba la tal Christine?

Se abrió la puerta de la habitación.

No se por qué no dominé el impulso de guardarme la carta y la escondí en uno de los bolsillos de mi guardapolvo.

El padre Oriol apareció sonriente, con la tranquilidad que transmite un monje y me anunció que ya era la hora de marchar.

Se interesó por mi trabajo y me dijo que avanzara despacio pero con gusto y precisión, que no había prisa.

En aquella abadía lo que mas sobraba era tiempo. Los libros descansaban sobre las mesas durante décadas esperando ser catalogados.

Caminamos de nuevo atravesando la biblioteca entre la majestuosidad de sus estanterías hasta salir al exterior.

Allí me esperaban en un coche de caballos un matrimonio de Monistrol que trabajaba en la abadía para los monjes y con los que cada día haría el trayecto de subida y bajada a la montaña.

Contemplaba las peñas de Montserrat con el pensamiento ausente. Esas peñas cargadas de magia, únicas como diseñadas por un escultor.

Montserrat no pasa inadvertida a los ojos del caminante. Sus formas absorben los pensamientos de quien las mira.

Durante el camino no dejaba de pensar en la carta de Unai de Gramont.

En ese gran amor que sentía por Christine.

Como me gustaría poder ser amada de esa manera, con esa pasión.

¿Qué debe ser de sus vidas?

Bajé del coche. Me despedí de Joan y Margarida hasta el día siguiente y abrí la puerta de mi casa.

Sin perder un momento busque la carta de Unaí y volví a leerla.

Amada Christine, pensaba en vos, cuando me detuve a beber el agua de esa fuente donde nace nuestro amor y la  vida. He sentido necesidad de mirar el reflejo y contemplar, una vez más, los recuerdos de sus miradas….”

Carta a Christine -5 Domingo, Abr 13 2008 

 

Amada Christine, pensaba en vos, cuando me detuve a beber el agua de esa fuente donde nace nuestro amor y la  vida. He sentido necesidad de mirar el reflejo y contemplar, una vez más, los recuerdos de sus miradas.

Los seres humanos no debemos ser egoístas con nuestro amor con nuestro querer. Porque, amada mía, pienso que el vulgo tiene derecho a disfrutar de nuestros murmullos, de absorber toda esa pasión que derramamos en nuestras citas, sentir cada letra que escribo como suya.

Quiero que sepan, señores, que Christina es la dama que pinta con palabras mis pasos; las dibuja y colorea con un azul intenso que sólo sabe ella mezclar, que no es más que el reflejo de su hermosura.
Riegue usted, si le place, con besos rojos las flores sembradas en cada posesión, en cada vuelo de de nuestro amor. Sé que mis labios quedaron grabados en la brillantez de su piel desnuda, tan desnuda como el alma y como mi cuerpo en la mañana. Escribo mal su idioma, pero es que el sólo pensarle anula cualquier vestigio de raciocinio.

La amo, señora, qué más puedo decirle que ya no haya escuchado de este ser que la adora. Aumenta todas las mañanas la pasión y el delirio por tenerla. La amo, usted lo sabe, y sufro por amarla de ese modo, pero no me importa, porque por usted vale la pena el sacrificio… permítame entonces sufrir por los dos.
Empeñado estoy en desandar los pasos para caminar a su lado, como desandan mis ojos al recorrer cada centímetro de su cuerpo, emocionándome en cada jadeo suyo…

Amada Christina no abrigo temor alguno, ya no temo a nada, porque sus labios son el fuego que aviva la hoguera de mi pasión, como si fuego fueran.

Las estrellas, no tienen espacio ante su presencia, y sienten envidia… por eso se esconden avergonzadas cuando vienes hacia mí por la noche, y nos amamos locamente.

Te espero desesperadamente, para besarte y abrazarte, no tardes que me duele el esperar.

La biblioteca de Montserrat -4 Jueves, Abr 10 2008 

 

Deperté con  el canto del gallo  como siempre, pero hoy  todo despuntaba de otro color.

Hoy empezaba mi trabajo en la biblioteca de  Montserrat.

Me  asee, y me vestí discretamente, y muy puntual apareció  el padre Climent  con su cochecito de caballos para acompañarme  al monasterio y presentarme  a  el encargado de la biblioteca.

Me era imposible reprimir  mi entusiasmo y no cesaba de agradecer al padre Climent que hubiera pensado en mi y  además hubiera defendido mi candidatura, incluso ignorándolo yo. No era muy habitual la presencia de una mujer  en  un monasterio de clérigos. Seguro le tocó  pelearlo.

 El era un apasionado de la lectura igual que yo y  sabía a ciencia cierta que nada podría hacerme  mas féliz que el trabajar entre libros.  Ambos somos ratones de biblioteca. 

Llegamos a la plaza del Monsasterio y nos dirigimos al interior  del mismo.  Nos recibió  el padre Oriol, el que sería mi  director por  decirlo de alguna forma.

El padre Oriol era un hombre mayor de unos  sesenta años,  Se le adivinaba  con poca vista ya, seguramente quemada  de tanto fijarla sobre los manuscritos.

Con talante  amable, nos condujo  por los pasillos hasta entrar a la biblioteca.  Se me antojó que entraba a  la gruta de un tesoro.  Cientos de libros se  agolpaban  en los estantes viejos.

El padre Oriol  me fue explicando pormenores de la historia de la biblioteca  de Montserrat.

 

-Desde la fundación del monasterio, en el siglo XI, hay constancia de la existencia de obras manuscritas y, desde el siglo XII, Montserrat pasa a tener su propio scriptorium, muy activo en los siglos XIV y XV.
La inauguración de un taller tipográfico en Montserrat, promovido por el Abad Cisneros en el año 1499, favoreció la difusión cultural del monasterio…

Lo cierto es que  la historia  aunque importante no  era el mayor atractivo de ese lugar.

La vista de tanto libro me inundo de gozo.

Caminando entre las estanterias llenas de polvo llegamos  a una estancia enorme.

En esa estancia  se encontraban varias mesas de tamaño considerable y en ellas se amontonaban cientos de libros, manuscritos y documentos por catalogar.

El padre Oriol me confirmó  que  catalogar y poner orden en ese desaguisado iba a ser mi cometido y la verdad  que después  de pasada la primera impresión del tremendo desbarajuste literario que  alli reinaba, sentí una excitación ante el reto de lo mas interesante.

Acto seguido el padre Oriol nos  llevó a  su despacho y allí nos ofrecio un vaso de leche caliente. Lo cierto es que  el padre Oriol  era  de lo mas  educado y  agradable.  Cada minuto que pasaba allí  sentía que iba  a  encontrarme como en mi propia casa.

Mas  tarde cuando el padre Climent ya se marchó, el padre Oriol me  acompañó  a la estancia del desorden y tras darme una serie  de  indicaciones me dejó sola.

Me  detube a contemplar  la enormidad de aquella sala, y la magnitud de la tarea que allí me esperaba.  Por un segundo sentí pánico, pero me pasó rápidamente y me puse manos  a la  obra.

Empecé  por separar  libros , de documentos.  

Lo cierto es que espacio de movimiento me sobraba, y  así empecé  a caminar de un lado a  otro separando los temas por  grosor se podría decir.

En medio de todo este trasiego de papeles  cayeron al suelo unos cuantos documentos manuscritos.

Me  acerqué a recogerlos del suelo.

Dos de ellos  me llamaron la atención por  la excelente caligrafía  del escrito.

Así que  reparé en  ellos mas detenidamente.

Empecé a leer uno de ellos. Primero fue curiosidad y seguí leyendo porque el contenido del manuscrito despertaba emociones en mi.

Era una carta de amor. Una carta de amor de un conde a su dama. Solo un hombre  profundamente enamorado podía escribir un texto semejante, lleno de ternura, amor, delicadeza.

El conde de Gramont  escribía  a su amada Christine …….

 

 

 

 

 

 

 

El padre Climent -3 Martes, Abr 8 2008 

Caminé hacia el altar como una autómata, con la mente en blanco.

Como quien se siente obligada a hacer algo que  en realidad le es indiferente y que no precisa.

Hay que seguir la tradición, la costumbre y lo bien visto es asistir a la  misa y  tomar la comunión.

Me siento bajo las miradas de la gente. Siempre justificándome ante gente que no es nada mío.

El ser soltera, joven y vivir sola les resulta inquietante.  Algo como el no comulgar en domingo sería la catapulta de un sinfín de especulaciones.

Así que a comulgar se ha dicho.  No tengo nada que  esconder, tampoco nada que  confesar, no creo estar en pecado, sin embargo no siento la necesidad de  tomar ese sacramento aunque mi fe en Dios es indiscutible.

Regresé  al banco junto  a mi familia.  Íbamos sentándonos uno a uno según volvíamos del altar tras tomar la comunión.

La misa ya casi finaliza afortunadamente. Nos damos la paz.  Vamos saliendo  al exterior.

Los típicos saludos de cortesía se suceden entre los habitantes del pueblo.

El padre Climent insiste en que espere que tiene que hablarme de algo interesante. Así que les digo a mis familiares que vayan para  casa que yo me reúno con ellos en cuanto el padre me diga lo que sea.

El padre Climent es un hombre de unos 50 años.

Aunque quedo como cura de pueblo es una persona con estudios, proveniente de una familia de clase media de Barcelona.  Quizás por eso nos entendemos tan bien.  Ambos sufrimos  la pérdida de nuestra maravillosa ciudad y sufrimos con resignación la paz del campo.

Ignoro los motivos por los que le asignaron la iglesia de Monistrol, pero si se que antes  estaba en la abadía y trabajaba  en la biblioteca.

Desde que llegué a  este pueblo con la edad de once años, el padre Climent  ha sido la persona mas agradable que encontré. Una de las pocas con las que disfruto conversando. El tema de los libros nos une y para decir verdad, en este pueblo agrícola la literatura mueve poco interés entre la población.

Ya solo quedamos nosotros dos a la salida de la ermita de Santa Cecilia.  Que bien suenan los trinos de los pájaros  en primavera  y que bien lucen los árboles frutales.

Casi no puedo creer lo que me está diciendo el padre Climent. Se que soy exagerada pero esto se parece mucho a un milagro  si consideramos que en este lugar nunca me pasó nada importante.

La espera mereció la pena. Realmente  el padre me hizo una propuesta magnífica que jamás hubiera imaginado.

En la biblioteca de la abadía de  Montserrat precisan una asistente que les ayude en la catalogación y  clasificación de varios manuscritos y el padre Climent pensó que dado mi interés por la literatura yo era la persona ideal para esa tarea y los monjes de Montserrat conocedores de mi familia no pusieron objeción.

Me parece que esta es la propuesta más excitante que me han hecho en los últimos años.

La  perspectiva de poder  andar entre los libros de Montserrat  me  encanta.  Sin titubear acepte la oferta y me comprometí a  subir a la biblioteca al día siguiente. Reprimí los deseos de saltar a su cuello y besarle. Soy una señorita, pero  de verdad que me hubiera gustado hacerlo.

Por fin tenía la excusa perfecta para alejarme  de casa de mis hermanas y de todas esas tareas que no me incumben y que me  fastidian.

Parece que mi suerte  cambia.  Este domingo finalmente no va a ser como  todos los demás.

Ni el polvo del camino me molesta hoy. Levito entre las piedras del camino.

Caminaba hacia casa de mi hermana con una sonrisa escondida. Parece que iba  a salir de las tareas domésticas para mezclarme con  gente con una formación cultural respetable, aunque fueran monjes.

Por fin un ambiente de paz y silencio, lejos del griterío de los hijos de mis hermanas a los que adoro pero que en grandes dosis me atacan la psiquis.

Crucé la puerta y  deje de reprimir la sonrisa y  con gran entusiasmo les di la noticia a todos los presentes. Siento desencajada la mandíbula, esta sonrisa no me deja cerrar la boca.  Estoy contenta, y no puedo disimularlo.

Las reacciones no se dejaron esperar. Las hubo de todos los colores.

Mientras  que mis hermanas  se alegraron,  parece que a mis cuñados no les causo tanta gracia.  En estos tiempos  el que una mujer tenga una formación cultural considerable es perjudicial, sobretodo a la hora de buscar marido.

El que trabaje fuera del seno familiar, de las tareas domésticas propias de mujeres ya casi es considerado un problema y tema  delicado.

En fin, tras escuchar múltiples consideraciones y opiniones de lo más variopinto, sobre el que dirán, alegué que había tomado una decisión y que no había nada que temer  pues me hallaría entre hombres santos.

Como saben de mi  testarudez, finalmente  dejaron de intentar convencerme sobre lo inconveniente de salir  de las labores familiares  y  claudicaron.  Dijeron amen y alabado sea Dios.

Me parece que hasta la comida sabía mas deliciosa este domingo.  Hace  tiempo que no tengo un motivo de alegrarme  como  el que me dio mi buen padre Climent.

Salimos  al jardín a tomar el café y  a disfrutar de la brisa de la primavera.

Que armoniosos suenan los trinos de las golondrinas.

Las  flores de azar dejan ya sentir su aroma, parece que todo hoy es más bonito….

 

Un domingo mas -2 Lunes, Abr 7 2008 

Los gallos del pueblo me han despertado como todos las mañanas.

Esos bichos  no respetan ni  el día del Señor.

En fin, no me queda otra más que levantarme.

Es imposible no asistir a la misa del domingo, sería imperdonable y poco conveniente.

La verdad es que no  tengo un gran interés por la religión pero solo por complacer al padre Climent, que tanto se ha preocupado por mí, me siento en la obligación.

Además  si no acudiera a misa seguro que mi ausencia se  notaría.

En un pueblo como este donde nunca pasa nada extraño, la enfermedad de un vecino es un acontecimiento que genera el “chafarderío” y  visitas inoportunas.

Antes de tener que aguantar eso, voy a la misa a rastras aunque esté a  40 de fiebre.

Aun recuerdo cuando murieron mis padres y mi  tía me acompañó desde Barcelona a Monistrol, para dejarme bajo la tutela de mis hermanas.

La expectación entre el vecindario rozaba lo escandaloso.

Los comentarios que hacían al respecto eran “pobre niña, tan pequeña y sin padres”. No era de lástima ni mucho menos.

Lo que mueve  a esta gente siempre es la curiosidad.  La  insana curiosidad por saber en que forma se había repartido nuestra  herencia. 

La curiosidad por saber  el destino  de la criatura huérfana en cuestión, para después poder generar un mar de comentarios malintencionados.  En definitiva solo les mueve  el chisme.

Lo cierto es que  la gente habla porque le sale  gratis.

Si mi condición social fuera la de campesina humilde, no hubiera habido ninguna compasión, por el contrario me habrían hecho sentir el desprecio compasivo y  después se aprovecharían de la situación de desamparo y me explotarían, bajo un disfraz  de almas caritativas que acogen a una criatura.

Terminé de arreglar mi habitación y de asearme.

Abrí mi armario y separe mi vestido color marfil, con la mantilla  a juego y los dejé sobre la cama.

Aunque solo es primavera, ya se nota la llegada del buen tiempo. Corre una brisa calida al medio día, que viene a desterrar esa sensación fría de soledad del invierno.

Me  vestí y  recogi mis cabellos en un moño y con un alfiler sujeté a  el la mantilla.

Cerré la puerta tras de mi y caminé por  la calle polvorienta hasta la iglesia del pueblo.

Se veía poca gente.  Solo  la familia de  Vicens y Carmeta de la guarnicionería y  el padre Climent como siempre en la puerta esperando  para saludar a todos sus feligreses.

El padre Climent es una excelente persona. Mas que un confesor para mi siempre fue  un amigo.  Siempre tiene esa palabra de aliento que nos hace falta cuando el mundo se derrumba bajo nuestros pies.

Persona cultivada, gran aficionado a la lectura, siempre dispuesto a  intercambiar y prestarme libros.

Su vinculación a la abadía de Montserrat le da acceso a su biblioteca y yo soy beneficiaria a posteriori de ese privilegio.

Nos saludamos y entro en la iglesia, así evito todas esas salutaciones de cumplimiento a  la entrada. Con saludar a la salida cumplo, aunque quizás me libre porque el padre Climent dice que me espere después de la misa que  tenemos que hablar de algo importante. A saber.

Escucho el sermon mientras contemplo el interior de la ermita de Santa Cecilia. Ni se de que  está hablando hoy.

Me pierdo en la contemplación de sus piedras  tan austeras y  de su imagen. Es muy linda pero que triste y fría me parece.

Vivir a la sombra de Montserrat es como vivir a la sombra de un gigante, sin horizonte, sin vista en la lejanía, sin mar, sin olas que rompan la monotonía.

Que poco me gusta  vivir en el interior y cuanto añoro mi Barcelona y su mar…

 

Laia -1 Domingo, Abr 6 2008 

       

SOROLLA

 

 

 

 

 

 

El tiempo  transcurría con lentitud en Monistrol. 

Parecía que nunca ocurría nada.

La muerte  de mis padres  por la epidemia me dejó prácticamente desamparada a  la  edad de 11 años.

Esa desgracia me obligó a  abandonar mi querida Barcelona y trasladarme a una casa que tenía la familia en Monistrol, para poder vivir cerca de mis dos hermanas mayores y sus familias.

Aunque vivía en la casa familiar de veraneo que nos dejaron nuestros padres, con los años  me había convertido en una especie de sirvienta de mis hermanas mayores, con la categoría familiar de ser una semi recogida, pero  en la práctica una sirvienta y una niñera gratis.

Reviso  lo que  es mi vida actual y me doy cuenta que  trabajo duramente, sin un objetivo mas que el de ver pasar los días y  tener un poco de compañía en casa de mis hermanas, donde  a parte de eso no hago mas que trabajar para sus familias respectivas, no obtengo mas que un plato de comida, y el mantener una honorabilidad.

Una honorabilidad difícil de mantener en un pueblo siendo una mujer de quince años, huérfana y que vive sola por testarudez, ya que mis hermanas  lo que pretenden es que me vaya de la casa familiar  a su casa, para así poder  cobrar su herencia sin  remordimientos. 

Seguramente después cuando haya pasado algo mas de tiempo y cumpla los 16,  pretenderán que me case con alguno de  los campesinos ricos de la región, con algún heredero, al puro estilo catalán, al  estilo del negocio y de la  cohesión de tierras.  Francamente  esa idea me pone mal.

Nuestra condición social de  andar algo mas por encima de los campesinos del pueblo pero sin ser de alta cuna, nos deja  un tanto perdidos en el lugar que debemos ocupar.  Así  servimos para trabajar en el campo, la casa o  en un momento dado ocupar el mismo lugar que el alcalde, el medico o  el cura del pueblo en una fiesta o  en cualquier acto social.

Yo quisiera enamorarme,  casarme con ese príncipe de los cuentos y convertirme en la princesa de labios de fresa.  Creo que mi padre jamás debió  enseñarme a leer.

El leer abre la perspectiva de soñar y para mi  esos sueños  son inalcanzables.

En la práctica  en  esta sociedad y lugar en que vivo, el saber, el  poder pensar es una desventaja. Pone  casi imposible el poder ser feliz.

Se que mis hermanas me quieren, pero  la presencia  sus maridos que las presionan, hacen que se pasen el tiempo intentando convencerme de que me vaya a vivir con ellas y vendamos la casa y los campos. Eso  les daría un buen dinero, a  mi una dote para el casamiento y yo ya quedaría enteramente bajo su tutela, y probablemente  bajo su yugo.

Pero si ahora abusan y me llenan de trabajo sin vivir en su casa no se que ocurriría si  dependo totalmente de ellos.

Ganaría  en seguridad y compañía pero  creo que nada más. El precio de esta compañía es muy alto. Es casi como vender el alma al diablo.

Y  esto no deja de ser un pensamiento lógico, pues  el estar sola en esta casa, me pone en peligro cada hora que pasa, sobretodo en las noches.

En la noche me despierto varias veces. En la oscuridad camino hacia la ventana. Adivino fuera sombras que no existen y siento frío y miedo.

Me convenzo  de que no hay nada en el exterior y regreso al lecho, pero  al tiempo vuelvo a estremecerme de temor y regreso a mirar por la ventana.

Ser una mujer sola y joven en estos tiempos donde el viento  de la guerra cada día se hace mas presente es una apuesta con un casi seguro final dramático.

Las noticias que llegan del norte  cada vez son más inquietantes.  Las hordas napoleónicas no cesan en su avance…

 

Cris y Unai de Gramont Domingo, Abr 6 2008 

Cristina de Gramont , era la última de tres hermanas de una familia  catalana e ingresó en el convento de Montserrat, tras dejar  su ciudad natal, a los once años, donde pasó el resto de sus días hasta que se enamoro.

La historia empieza por algunas cartas que Cristina escribe a su conde y las respuestas del mismo enamorado. S

u nombre está ligado a un capitán de la caballería francesa, conde de Gramont que había participado en el asedio de una fortificación española.

La historia que había unido a ambos personajes nada tiene de particular: Cristina había sido seducida por el conde y éste, enamorado, partió para Francia donde empezó esta aventura de amor que se pasa a narrar.

 

Mi mirada te grita Miércoles, Ene 9 2008 

Mi mirada te grita

Apagada tras un velo humedo

De lágrimas confundidas

Que no entienden si rien o  sufren

Mis ojos no distinguen

Si estan felices por poderte ver o

Derraman su dolor por no tenerte

Mi mirada grita a tu mirar

que me acaricia tiernamente

En la oscuridad de la noche

Y Te dice  que te amo, que te deseo

Por no poder gritarle al mundo

con mi alma huerfana y mis pies de plomo

que me sujetan al suelo y me impiden ir a ti

Y te  espero en mi almena colgante

Suspendida entre el miedo y el deseo

Donde me sumerjo en pasiones

En miedos,en mil emociones

Donde rio, lloro y te amo